miércoles, abril 26, 2006
El San Juan Nepomuceno
El 21 de Octubre de 1805 tuvo lugar uno de los acontecimientos más dramáticos de la historia contemporánea española: la Batalla de Trafalgar.
Trafalgar es un nombre que no recuerdo cuándo aprendí, porque tengo la impresión de haberlo conocido siempre. Mi padre solía contarme muchas historias sobre barcos. Me encantaban, y me siguen encantando. Lo único que recuerdo es que conocía el nombre de la batalla antes de saber que existía un cabo al cual se le debía. Lo conocía incluso, probablemente, antes de saber qué era un cabo.
En esa batalla se decidieron muchas cosas. Fue, probablemente, un punto de inflexión en el devenir de la historia de una Europa inmersa en el fragor de las Guerras Napoleónicas, posiblemente de una importancia comparable a la de la batalla de Austerlitz o a la de Waterloo. En un resumen rápido diré que enfrentó a la escuadra británica al mando del ya Almirante Horatio Nelson, que enarbolaba su insignia en el "Victory", y a la escuadra combinada franco-española del Almirante Villeneuve cuyo buque insignia era el "Bucentaure". Federico Gravina y Nápoli, marino de notables capacidades y Teniente General (rango similar al de Almirante) de la Real Armada, era el segundo al mando con su insignia arbolada en el navío "Príncipe de Asturias". En el devenir de la batalla, los británicos y el genial Nelson derrotaron completamente a la combinada, hundiendo o capturando la mayoría de los buques enemigos.
A principios del XIX y siendo herederas de una tradición marítima de siglos, el grueso de las armadas europeas estaba formado por los llamados navíos de línea. Esta denominación venía del hecho de que el armamento en dichos buques estaba en los laterales de los mismos, organizados en baterías o "puentes", y de que en una batalla naval, los buques formaban una linea frente al enemigo para que su potencia de fuego fuera máxima. Así, los buques a partir de 50 cañones ya contaban con dos puentes, uno encima del otro. A partir de esa cantidad, había navíos de hasta 140 cañones y de cuatro puent
es (extremo este último el del Santísima Trinidad, buque español que en Trafalgar contaba con esa cantidad de bocas de fuego, y que era el navío más grande del mundo), divididos en clases según el número de cañones que tenían. Así tenemos los de primera clase, navíos de más de 100 cañones y tres puentes, salvo el ya mencionado Santísima Trinidad, que contaba con cuatro (en la parte izquierda, pintura de la web Art Contact, Autor: Geoff Hunt), los de segunda clase, buques de entre 98 y 80 cañones y también de tres puentes, los de tercera clase, navíos de 74 y 80 bocas artilleras con dos puentes, y los de cuarta clase, barcos que habitualmente contaban con 64 o 60 cañones, también de dos puentes. La quinta y sexta clase contaban solamente con un puente o batería y no eran considerados navíos de línea. Las fragatas, corbetas, bergantines, balandros, jabeques, etc, pertenecen a estas clases.
De entre todos los navíos que participaron en la batalla de Trafalgar, hay uno al que le tengo un cariño especial. Se trata de un navío de tercera clase, del cual tenía una maqueta, una preciosa maqueta (actuálmente desaparecida),
orgullosamente presidiendo el salón desde encima del televisor: El San Juan Nepomuceno, navío español de 74 cañones al mando del Brigadier D. Cosme Damián Churruca y Elorza (otro nombre que conocía antes de saber de la existencia esas míticas pipas). Me pasaba largar horas contemplando la maqueta e imaginando cómo debio de ser este mastodonte hecho de manera, brea y metal, y reflexionando acerca del arte de navegar, (porque organizarse entre tanto cabo y tanta vela y hacer que un navío tan grande vaya de un sitio a otro solamente usando la fuerza del viento, tenía que ser por fuerza, un arte).
Hay una historia acerca de este navío y de su comandante, el mencionado Brigadier Churruca, que cuenta las últimas horas de este navío en manos españolas. Dicen que una bala de cañón arrebató una pierna de cuajo a Churruca, que se levantó y que diciendo "¡Esto no es nada! ¡Que siga el fuego!" siguió al mando de la defensa de su navío hasta que se desangró sobre la cubierta de teca del alcázar del "San Juan", cubierta que ya estaba, por otra parte, llena de sangre. En ese momento el barco estaba siendo acosado por cinco navíos de línea ingleses, dos de tres puentes, los cuales descargaron sin descanso toneladas de balas y metralla sobre el casco y la tripulación del "San Juan". Finalmente, después de varias horas de combate, muertos Churruca y el primer oficial, con más de la mitad de una tripulación de 700 hombres fuera de combate, heridos, moribundos o muertos, finalmente se arrió la bandera y se rindió el buque a los ingleses, los cuales lo remolcaron hasta Gibraltar.
Curiosamente las fuentes desde las cuales se comenta con admiración la resistencia del San Juan y de su comandante no son solamente españolas, sino también francesas y británicas, especialmente estas últimas. Churruca es un nombre que ha perdurado a través de los siglos como símbolo del valor y de la resistencia. Aunque fuesen un valor y una resistencia vanos, muy similares (aunque no iguales) a un suicidio.
Aunque es una historia con final triste la de Trafalgar en general y la del "San Juan" en particular, es posiblemente el barco al que más cariño tengo de todos los que he conocido, muy por encima de otros compañeros de Trafalgar como el "Victory" inglés, el "Trinidad" español o el "Bucentaure" francés; por encima del "Endeavour" y el "Resolution" de Cook, por encima de la nao "Victoria" de Juan Sebastián Elcano, por encima de la "Santa María", la "Pinta" y la "Niña". Por encima del "Titanic", del "Mauritania", del "Bismarck" y del "Nimitz". El "San Juan" es vástago de una época que fue el apogeo de la navegación a vela, para mí la única navegación de verdad. Es un recordatorio de los errores pasados, de la típica cabezonería y cerrazón que han aquejado tradicionalmente al pueblo español, pero también del valor y del corazón que es capaz de mostrar ese pueblo ante la adversidad. Aunque esa adversidad sea un suicidio, como lo fue la más famosa y trágica batalla naval de todos los tiempos.
¿Cómo no sentir cariño por él?
Trafalgar es un nombre que no recuerdo cuándo aprendí, porque tengo la impresión de haberlo conocido siempre. Mi padre solía contarme muchas historias sobre barcos. Me encantaban, y me siguen encantando. Lo único que recuerdo es que conocía el nombre de la batalla antes de saber que existía un cabo al cual se le debía. Lo conocía incluso, probablemente, antes de saber qué era un cabo.
En esa batalla se decidieron muchas cosas. Fue, probablemente, un punto de inflexión en el devenir de la historia de una Europa inmersa en el fragor de las Guerras Napoleónicas, posiblemente de una importancia comparable a la de la batalla de Austerlitz o a la de Waterloo. En un resumen rápido diré que enfrentó a la escuadra británica al mando del ya Almirante Horatio Nelson, que enarbolaba su insignia en el "Victory", y a la escuadra combinada franco-española del Almirante Villeneuve cuyo buque insignia era el "Bucentaure". Federico Gravina y Nápoli, marino de notables capacidades y Teniente General (rango similar al de Almirante) de la Real Armada, era el segundo al mando con su insignia arbolada en el navío "Príncipe de Asturias". En el devenir de la batalla, los británicos y el genial Nelson derrotaron completamente a la combinada, hundiendo o capturando la mayoría de los buques enemigos.
A principios del XIX y siendo herederas de una tradición marítima de siglos, el grueso de las armadas europeas estaba formado por los llamados navíos de línea. Esta denominación venía del hecho de que el armamento en dichos buques estaba en los laterales de los mismos, organizados en baterías o "puentes", y de que en una batalla naval, los buques formaban una linea frente al enemigo para que su potencia de fuego fuera máxima. Así, los buques a partir de 50 cañones ya contaban con dos puentes, uno encima del otro. A partir de esa cantidad, había navíos de hasta 140 cañones y de cuatro puent
es (extremo este último el del Santísima Trinidad, buque español que en Trafalgar contaba con esa cantidad de bocas de fuego, y que era el navío más grande del mundo), divididos en clases según el número de cañones que tenían. Así tenemos los de primera clase, navíos de más de 100 cañones y tres puentes, salvo el ya mencionado Santísima Trinidad, que contaba con cuatro (en la parte izquierda, pintura de la web Art Contact, Autor: Geoff Hunt), los de segunda clase, buques de entre 98 y 80 cañones y también de tres puentes, los de tercera clase, navíos de 74 y 80 bocas artilleras con dos puentes, y los de cuarta clase, barcos que habitualmente contaban con 64 o 60 cañones, también de dos puentes. La quinta y sexta clase contaban solamente con un puente o batería y no eran considerados navíos de línea. Las fragatas, corbetas, bergantines, balandros, jabeques, etc, pertenecen a estas clases.De entre todos los navíos que participaron en la batalla de Trafalgar, hay uno al que le tengo un cariño especial. Se trata de un navío de tercera clase, del cual tenía una maqueta, una preciosa maqueta (actuálmente desaparecida),
orgullosamente presidiendo el salón desde encima del televisor: El San Juan Nepomuceno, navío español de 74 cañones al mando del Brigadier D. Cosme Damián Churruca y Elorza (otro nombre que conocía antes de saber de la existencia esas míticas pipas). Me pasaba largar horas contemplando la maqueta e imaginando cómo debio de ser este mastodonte hecho de manera, brea y metal, y reflexionando acerca del arte de navegar, (porque organizarse entre tanto cabo y tanta vela y hacer que un navío tan grande vaya de un sitio a otro solamente usando la fuerza del viento, tenía que ser por fuerza, un arte).Hay una historia acerca de este navío y de su comandante, el mencionado Brigadier Churruca, que cuenta las últimas horas de este navío en manos españolas. Dicen que una bala de cañón arrebató una pierna de cuajo a Churruca, que se levantó y que diciendo "¡Esto no es nada! ¡Que siga el fuego!" siguió al mando de la defensa de su navío hasta que se desangró sobre la cubierta de teca del alcázar del "San Juan", cubierta que ya estaba, por otra parte, llena de sangre. En ese momento el barco estaba siendo acosado por cinco navíos de línea ingleses, dos de tres puentes, los cuales descargaron sin descanso toneladas de balas y metralla sobre el casco y la tripulación del "San Juan". Finalmente, después de varias horas de combate, muertos Churruca y el primer oficial, con más de la mitad de una tripulación de 700 hombres fuera de combate, heridos, moribundos o muertos, finalmente se arrió la bandera y se rindió el buque a los ingleses, los cuales lo remolcaron hasta Gibraltar.
Curiosamente las fuentes desde las cuales se comenta con admiración la resistencia del San Juan y de su comandante no son solamente españolas, sino también francesas y británicas, especialmente estas últimas. Churruca es un nombre que ha perdurado a través de los siglos como símbolo del valor y de la resistencia. Aunque fuesen un valor y una resistencia vanos, muy similares (aunque no iguales) a un suicidio.
Aunque es una historia con final triste la de Trafalgar en general y la del "San Juan" en particular, es posiblemente el barco al que más cariño tengo de todos los que he conocido, muy por encima de otros compañeros de Trafalgar como el "Victory" inglés, el "Trinidad" español o el "Bucentaure" francés; por encima del "Endeavour" y el "Resolution" de Cook, por encima de la nao "Victoria" de Juan Sebastián Elcano, por encima de la "Santa María", la "Pinta" y la "Niña". Por encima del "Titanic", del "Mauritania", del "Bismarck" y del "Nimitz". El "San Juan" es vástago de una época que fue el apogeo de la navegación a vela, para mí la única navegación de verdad. Es un recordatorio de los errores pasados, de la típica cabezonería y cerrazón que han aquejado tradicionalmente al pueblo español, pero también del valor y del corazón que es capaz de mostrar ese pueblo ante la adversidad. Aunque esa adversidad sea un suicidio, como lo fue la más famosa y trágica batalla naval de todos los tiempos.
¿Cómo no sentir cariño por él?
Publicado por Earendil en 4/26/2006 11:51:00 a. m. 6 comentarios
miércoles, marzo 29, 2006
Una sociedad dividida
Una sociedad siempre tiene divisiones. Es algo natural.
Son las divisiones que tiene una sociedad lo que define lo plural que es. Y considero que una sociedad plural es una sociedad rica y con potencial. Pero para que este potencial se convierta en realidad es necesaria una cosa más: que esas divisiones sean porosas, que permitan la comunicación a un lado y a otro de ellas. Como la membrana plasmática de una célula, como las cortinas de una ventana, como la atmósfera de un planeta. Divisiones y fronteras que definen pero no aislan y que protegen pero no asfixian.
Porque cuando una división se convierte en una barrera aparecen problemas serios.
Entre los muchos dramas que han aquejado tradicionalmente a los habitantes de la península ibérica, tales como la ineptitud de los gobernantes, la pobreza, la incultura y la cerrazón de miras, hay uno que me sobrecoge especialmente: la fractura en la sociedad.
Hace siete décadas ocurrió algo en este pais que creo que es, con diferencia, lo peor que puede pasarle jamás a un pueblo. Estoy seguro de que muy pocos de mis lectores habrán vivido directamente una guerra civil, pero también estoy seguro de que saben perfectamente de lo que hablo porque algún familiar suyo, abuelos, bisabuelos, padres, sí que la habrán vivido. Este es mi caso.
Cuando recuerdo a mi abuelo paterno, que en paz descanse, recuerdo también sus historias de la guerra. Siempre contaba las mismas anécdotas, habitualmente graciosas, que vivió en esos tres años. Pero eso nunca me ha llevado a engaño. Hay muchas otras cosas que mi abuelo jamás contó sobre la guerra, temas sobre los que guardó silencio siempre, y que nadie conoció excepto él. Son memorias que se han perdido para siempre. Pero eso no significa que no hayan existido.
Cuando pienso en la guerra civil pienso que, como mi abuelo, millones de personas que vivieron aquella época, aquellos años oscuros, han guardado silencio sobre muchas cosas. Han intentado salvaguardar a aquellos, hijos suyos que tuvieron la suerte de no vivir aquella época, de los horrores de la guerra, horrores y tristezas demasiado hondas para ser olvidadas, demasiado profundas para que un abrazo dulce las borre para siempre de la memoria.
Hoy, siete décadas después, la primavera acaba de empezar en este pais aparentemente nuevo. Las viejas heridas superficiales se han borrado sin dejar rastro. Pero las heridas profundas son bastante más viejas, y no se borran facilmente.
Ahora hay una oportunidad de plantar una buena sutura a una de ellas. Y ¿cómo han reaccionado algunas personas? Con odio, con rencor, con furia, con ansias de venganza. Piden la sangre de aquellos que virtieron sangre.
De verdad que a veces puedo hacer mías las palabras de Larra antes de suicidarse de un disparo.
A todas esas personas que no son capaces de perdonar les deseo que pronto puedan encontrar la suficiente serenidad para darse cuenta de que una bofetada solamente puede ser seguida de otra y que la sangre no se lava con más sangre.
Eso es todo.
Son las divisiones que tiene una sociedad lo que define lo plural que es. Y considero que una sociedad plural es una sociedad rica y con potencial. Pero para que este potencial se convierta en realidad es necesaria una cosa más: que esas divisiones sean porosas, que permitan la comunicación a un lado y a otro de ellas. Como la membrana plasmática de una célula, como las cortinas de una ventana, como la atmósfera de un planeta. Divisiones y fronteras que definen pero no aislan y que protegen pero no asfixian.
Porque cuando una división se convierte en una barrera aparecen problemas serios.
Entre los muchos dramas que han aquejado tradicionalmente a los habitantes de la península ibérica, tales como la ineptitud de los gobernantes, la pobreza, la incultura y la cerrazón de miras, hay uno que me sobrecoge especialmente: la fractura en la sociedad.
Hace siete décadas ocurrió algo en este pais que creo que es, con diferencia, lo peor que puede pasarle jamás a un pueblo. Estoy seguro de que muy pocos de mis lectores habrán vivido directamente una guerra civil, pero también estoy seguro de que saben perfectamente de lo que hablo porque algún familiar suyo, abuelos, bisabuelos, padres, sí que la habrán vivido. Este es mi caso.
Cuando recuerdo a mi abuelo paterno, que en paz descanse, recuerdo también sus historias de la guerra. Siempre contaba las mismas anécdotas, habitualmente graciosas, que vivió en esos tres años. Pero eso nunca me ha llevado a engaño. Hay muchas otras cosas que mi abuelo jamás contó sobre la guerra, temas sobre los que guardó silencio siempre, y que nadie conoció excepto él. Son memorias que se han perdido para siempre. Pero eso no significa que no hayan existido.
Cuando pienso en la guerra civil pienso que, como mi abuelo, millones de personas que vivieron aquella época, aquellos años oscuros, han guardado silencio sobre muchas cosas. Han intentado salvaguardar a aquellos, hijos suyos que tuvieron la suerte de no vivir aquella época, de los horrores de la guerra, horrores y tristezas demasiado hondas para ser olvidadas, demasiado profundas para que un abrazo dulce las borre para siempre de la memoria.
Hoy, siete décadas después, la primavera acaba de empezar en este pais aparentemente nuevo. Las viejas heridas superficiales se han borrado sin dejar rastro. Pero las heridas profundas son bastante más viejas, y no se borran facilmente.
Ahora hay una oportunidad de plantar una buena sutura a una de ellas. Y ¿cómo han reaccionado algunas personas? Con odio, con rencor, con furia, con ansias de venganza. Piden la sangre de aquellos que virtieron sangre.
De verdad que a veces puedo hacer mías las palabras de Larra antes de suicidarse de un disparo.
A todas esas personas que no son capaces de perdonar les deseo que pronto puedan encontrar la suficiente serenidad para darse cuenta de que una bofetada solamente puede ser seguida de otra y que la sangre no se lava con más sangre.
Eso es todo.
Publicado por Earendil en 3/29/2006 08:56:00 a. m. 0 comentarios
lunes, marzo 13, 2006
Incomodidad
Hay personas con las cuales nos sentimos cómodos y otras que, sin saber demasiado bien la razón, despiertan incomodidad en nosotros. Es algo natural, y que creo que funcional al varios niveles. Tanto conscientes como inconscientes.
Así, en un extremo del espectro, está la persona con la que empatizamos y simpatizamos rápidamente, aunque solamente hayamos cruzado un saludo y un "cómo estás" de cortesía. En el otro extremo está la persona que nos resulta antipático con solamente verle.
Esta primera impresión puede verse reemplazada en mayor o menor grado según se van compartiendo vivencias con esa persona. A veces la variación en el juicio es tal que resulta imposible pensar que alguna vez esa persona nos cayese tan bien o mal. Así de auténticos somos los seres humanos.
Me he dado cuenta de algo que me parece interesante. Cuando me siento incómodo con una persona suelo fijarme en si tengo un motivo racional o no para sentirme así. En caso de que lo tenga, no hay problema y ahí se acaba la historia.
Pero en caso de que no consiga identificar ese motivo, y siguiendo mi personal axioma de "si lo que buscas no está fuera, solamente queda un lugar donde buscar", empiezo un proceso de exploración interior, a menudo a posteriori, para encontrarlo. Y me encuentro con cosas incómodas, pero no por ello menos interesantes.
He llegado a la conclusión de que hay personas cuyas forma de comunicar te permite ver sus virtudes y admirarlas. Y luego hay personas cuya forma de comunicar transmite la carencia de ellas que tiene el resto del universo.
Probablemente esta divergencia sea una cuestión de grado. Una persona culta puede despertar admiración si, llegado el caso, demuestra con sencillez que es culta; o bien puede despertar antipatía si demuestra en exceso lo culta que es. A las personas no nos gusta que nadie ponga de relevancia que no somos perfectos y que estamos llenos de carencias. Siguiendo con el ejemplo anterior, inmediatamente tacharemos al sujeto de enterado y/o pedante, por simple reacción.
El problema, de nuevo, es interno: del observador, el cual se siente atacado, aunque muchas veces el objeto agresor no esté procesado, aunque sí identificado. Y continuando con el ejemplo, ese observador "atacado", siendo consciente de que interiormente le fastidia la pedantería del sujeto que observa, no tiene procesado ese pensamiento; procesado que le permitiría llegar a la conclusión de que la raíz del problema es que se siente mal por ser menos culto que ese sujeto. Y el exceso de virtud del que hace gala dicho sujeto simplemente hace que el observador saque (metafóricamente hablando) las garras.
Hay areas de mi vida en las que sacarme de mis casillas es realmente dificil, mucho, porque me siento seguro: sé que soy fuerte en ellas. Me siento relajado y no me importa que alguien pase por enfrente haciendo gala de algo que yo ya tengo. Si la cosa es realmente estrambótica podría provocarme humor o incluso tristeza, pero nunca incomodidad.
Pero en aquellos temas vitales en los que me siento inseguro, de repente empiezan a saltar alarmas por todas partes cuando aparece una persona mejor que yo. La sensación de incomodidad y la tensión aparecen y se apoltronan apaciblemente a ver cómo yo me vuelvo medio loco y empiezo a formular pensamientos y preguntas sin respuesta. No es agradable.
Tampoco es agradable observar y racionalizar en esa situación, porque las heridas y las debilidades están a flor de piel. Pero ser consciente de este proceso es un buen trampolín para ser consciente de los propios puntos débiles y para poder remediarlos. También para ponernos en nuestro lugar, y de esa manera poder poner en su lugar al resto del mundo.
Aunque sea a posteriori, es un ejercicio de notable importancia.
Así, en un extremo del espectro, está la persona con la que empatizamos y simpatizamos rápidamente, aunque solamente hayamos cruzado un saludo y un "cómo estás" de cortesía. En el otro extremo está la persona que nos resulta antipático con solamente verle.
Esta primera impresión puede verse reemplazada en mayor o menor grado según se van compartiendo vivencias con esa persona. A veces la variación en el juicio es tal que resulta imposible pensar que alguna vez esa persona nos cayese tan bien o mal. Así de auténticos somos los seres humanos.
Me he dado cuenta de algo que me parece interesante. Cuando me siento incómodo con una persona suelo fijarme en si tengo un motivo racional o no para sentirme así. En caso de que lo tenga, no hay problema y ahí se acaba la historia.
Pero en caso de que no consiga identificar ese motivo, y siguiendo mi personal axioma de "si lo que buscas no está fuera, solamente queda un lugar donde buscar", empiezo un proceso de exploración interior, a menudo a posteriori, para encontrarlo. Y me encuentro con cosas incómodas, pero no por ello menos interesantes.
He llegado a la conclusión de que hay personas cuyas forma de comunicar te permite ver sus virtudes y admirarlas. Y luego hay personas cuya forma de comunicar transmite la carencia de ellas que tiene el resto del universo.
Probablemente esta divergencia sea una cuestión de grado. Una persona culta puede despertar admiración si, llegado el caso, demuestra con sencillez que es culta; o bien puede despertar antipatía si demuestra en exceso lo culta que es. A las personas no nos gusta que nadie ponga de relevancia que no somos perfectos y que estamos llenos de carencias. Siguiendo con el ejemplo anterior, inmediatamente tacharemos al sujeto de enterado y/o pedante, por simple reacción.
El problema, de nuevo, es interno: del observador, el cual se siente atacado, aunque muchas veces el objeto agresor no esté procesado, aunque sí identificado. Y continuando con el ejemplo, ese observador "atacado", siendo consciente de que interiormente le fastidia la pedantería del sujeto que observa, no tiene procesado ese pensamiento; procesado que le permitiría llegar a la conclusión de que la raíz del problema es que se siente mal por ser menos culto que ese sujeto. Y el exceso de virtud del que hace gala dicho sujeto simplemente hace que el observador saque (metafóricamente hablando) las garras.
Hay areas de mi vida en las que sacarme de mis casillas es realmente dificil, mucho, porque me siento seguro: sé que soy fuerte en ellas. Me siento relajado y no me importa que alguien pase por enfrente haciendo gala de algo que yo ya tengo. Si la cosa es realmente estrambótica podría provocarme humor o incluso tristeza, pero nunca incomodidad.
Pero en aquellos temas vitales en los que me siento inseguro, de repente empiezan a saltar alarmas por todas partes cuando aparece una persona mejor que yo. La sensación de incomodidad y la tensión aparecen y se apoltronan apaciblemente a ver cómo yo me vuelvo medio loco y empiezo a formular pensamientos y preguntas sin respuesta. No es agradable.
Tampoco es agradable observar y racionalizar en esa situación, porque las heridas y las debilidades están a flor de piel. Pero ser consciente de este proceso es un buen trampolín para ser consciente de los propios puntos débiles y para poder remediarlos. También para ponernos en nuestro lugar, y de esa manera poder poner en su lugar al resto del mundo.
Aunque sea a posteriori, es un ejercicio de notable importancia.
Publicado por Earendil en 3/13/2006 11:03:00 a. m. 6 comentarios
jueves, marzo 09, 2006
Sociedad Tolkien y Hammo.
Quien me conozca, aunque sea poco, sabe de mi afición por JRR Tolkien y por su obra. Esa afición, que durante años había tenido un carácter estrictamente personal, encontró como por casualidad un lugar donde podía dar rienda suelta a todo su potencial. Esto ocurrió a principios del año 2000, hace cerca de seis años, y en este lugar.
Llegué allí en las nubes, pero tardé menos de año y medio en impactar contra el duro suelo a una velocidad vertiginosa. La culpa, no hace falta decirlo, es mía, y mi carrera dentro de la sociedad ha sido la que ha sido por una serie de errores que cometí. ¿Lección aprendida? Ya veremos.
En esos dos primeros años aprendí muchas cosas acerca de mí mismo y de las personas que me rodeaban. Esas personas, compañeros de afición, de juergas y de cervezas, fueron también mis compañeros de camino. En la STE apredí a reir de verdad, a llorar de verdad, a amar de verdad, y más tarde a odiar de verdad. Podríamos decir que crecí dentro de la STE; y ella ha cargado con muchas de las culpas y mucha de la tensión de frentes que tenía abiertos. Algunos aún lo están. Pero ya es hora de cerrarlos y de ser un poco justo.
Acabo de mandar un correo electrónico a R, una bella dama novia de un amigo mío, que me pidió información acerca de la STE y de lo que se hacía en ella. Ha pasado una semana desde que me lo pidió y desde entonces no había encontrado, o mejor dicho, no había querido encontrar tiempo para escribirle. Pero ha habido un revulsivo que me ha hecho plantearme la inmadurez de mi postura ante la STE, y es ni más ni menos que este, y por extensión, este otro.
Para los que no lo sepan, el smial de Hammo es la segunda delegación (cronológicamente hablando) de Madrid. Surgió del antiguo Smial de Númenor por motivos que no viene al caso exponer ahora. Durante un tiempo demasiado largo esperé demasiado de este smial, y durante ese tiempo le dí mi confianza y mi apoyo ante el universo. También le dí mi energía y, hasta cierto punto, mi casa. Y mi impresora ;).
Luego me perdí por esos mundos, hastiado, y con ganas de dedicarme a mis cosas. Solamente tuve contacto con unas pocas personas de Hammo, las cuales me iban contando qué tal andaban las cosas por allí. Luego ni siquiera eso.
Pero ahora, dos años después, cuando leo los mails de agradecimiento de las personas que asistieron a la III Mereth DraCon, siento alegría por ver que ese cúmulo de sueños que era el Hammo que yo conocí se ha convertido en un cúmulo de realidades. Yo no he participado en ello, pero eso ya no importa.
Chicos, chicas, hammlings todos, mi enhorabuena de todo corazón.
Muchas felicidades.
Llegué allí en las nubes, pero tardé menos de año y medio en impactar contra el duro suelo a una velocidad vertiginosa. La culpa, no hace falta decirlo, es mía, y mi carrera dentro de la sociedad ha sido la que ha sido por una serie de errores que cometí. ¿Lección aprendida? Ya veremos.
En esos dos primeros años aprendí muchas cosas acerca de mí mismo y de las personas que me rodeaban. Esas personas, compañeros de afición, de juergas y de cervezas, fueron también mis compañeros de camino. En la STE apredí a reir de verdad, a llorar de verdad, a amar de verdad, y más tarde a odiar de verdad. Podríamos decir que crecí dentro de la STE; y ella ha cargado con muchas de las culpas y mucha de la tensión de frentes que tenía abiertos. Algunos aún lo están. Pero ya es hora de cerrarlos y de ser un poco justo.
Acabo de mandar un correo electrónico a R, una bella dama novia de un amigo mío, que me pidió información acerca de la STE y de lo que se hacía en ella. Ha pasado una semana desde que me lo pidió y desde entonces no había encontrado, o mejor dicho, no había querido encontrar tiempo para escribirle. Pero ha habido un revulsivo que me ha hecho plantearme la inmadurez de mi postura ante la STE, y es ni más ni menos que este, y por extensión, este otro.
Para los que no lo sepan, el smial de Hammo es la segunda delegación (cronológicamente hablando) de Madrid. Surgió del antiguo Smial de Númenor por motivos que no viene al caso exponer ahora. Durante un tiempo demasiado largo esperé demasiado de este smial, y durante ese tiempo le dí mi confianza y mi apoyo ante el universo. También le dí mi energía y, hasta cierto punto, mi casa. Y mi impresora ;).
Luego me perdí por esos mundos, hastiado, y con ganas de dedicarme a mis cosas. Solamente tuve contacto con unas pocas personas de Hammo, las cuales me iban contando qué tal andaban las cosas por allí. Luego ni siquiera eso.
Pero ahora, dos años después, cuando leo los mails de agradecimiento de las personas que asistieron a la III Mereth DraCon, siento alegría por ver que ese cúmulo de sueños que era el Hammo que yo conocí se ha convertido en un cúmulo de realidades. Yo no he participado en ello, pero eso ya no importa.
Chicos, chicas, hammlings todos, mi enhorabuena de todo corazón.
Muchas felicidades.
Publicado por Earendil en 3/09/2006 08:19:00 a. m. 2 comentarios
martes, febrero 28, 2006
Cada uno en la medida de nuestras posibilidades...
... caminamos por nuestra vida haciendo cosas. Solemos pararnos a pensar de vez en cuando y a veces miramos atrás para ver el camino recorrido. A veces incluso miramos hacia adelante en busca de sueños, ilusiones y fuerzas para seguir adelante cada instante. Seguimos caminando.
Pero la persona espiritual, capaz de todo esto, es también capaz de sentarse un rato al lado del camino y simplemente observar el ajetreo. El camino es como una calle aledaña a un mercado persa. Hay personas por todas partes, habitualmente con prisas por comprar o vender, curiosos que deambulan entre los puestos, mercaderes que gritan al universo sus ofertas, juglares y tragafuegos que divierten a los viandantes, predicadores en busca de discípulos, místicos y ayunadores, y mucha otra gente de diversos tipos.
En ese momento, al calor del medio día, una persona en mitad del ajetreo descarga del hombro su canasto lleno de ropa, busca un rincón a la sombra, se sienta y respira. Y respira. Y no hace otra cosa que respirar y observar cómo el universo depliega sus colores ante ella. Pero no hace caso del universo, simplemente lo observa. Y respira, y sigue respirando. Y con cada respiración siente una vida: con cada inhalación un nacimiento y con cada expiración una muerte. Pero no hace caso y sigue respirando. El mundo se contrae y se expande, se puebla de fantasmas; aparecen recuerdos y sueños, ojos que miran, monstruos y personajes de todo tipo. La locura está a las puertas. Pero no hace caso y sigue respirando. Y respira. El tejido de la realidad se desdibuja, se pierde. Todo se convierte en ilusión,maya, sueño. Viene la oscuridad. Pero no hace caso y sigue respirando. Y sigue observando. Y sigue respirando.
La gente del mercado, ajenos a todo lo que no sean sus asuntos, pasan a su lado sin mirarle siquiera, sin ser conscientes de que ahí, a su lado, está alguien que conoce La Verdad. Simplemente ven a alguien sentado, con los ojos cerrados, las manos formando un óvalo, descansando una sobre otra, los pies cruzados uno sobre otro.
Es una hermosa visión, pero nadie tiene ojos para ella.
Un hombre en el mercado.
... caminamos por nuestra vida haciendo cosas. Solemos pararnos a pensar de vez en cuando y a veces miramos atrás para ver el camino recorrido. A veces incluso miramos hacia adelante en busca de sueños, ilusiones y fuerzas para seguir adelante cada instante. Seguimos caminando.
Pero la persona espiritual, capaz de todo esto, es también capaz de sentarse un rato al lado del camino y simplemente observar el ajetreo. El camino es como una calle aledaña a un mercado persa. Hay personas por todas partes, habitualmente con prisas por comprar o vender, curiosos que deambulan entre los puestos, mercaderes que gritan al universo sus ofertas, juglares y tragafuegos que divierten a los viandantes, predicadores en busca de discípulos, místicos y ayunadores, y mucha otra gente de diversos tipos.
En ese momento, al calor del medio día, una persona en mitad del ajetreo descarga del hombro su canasto lleno de ropa, busca un rincón a la sombra, se sienta y respira. Y respira. Y no hace otra cosa que respirar y observar cómo el universo depliega sus colores ante ella. Pero no hace caso del universo, simplemente lo observa. Y respira, y sigue respirando. Y con cada respiración siente una vida: con cada inhalación un nacimiento y con cada expiración una muerte. Pero no hace caso y sigue respirando. El mundo se contrae y se expande, se puebla de fantasmas; aparecen recuerdos y sueños, ojos que miran, monstruos y personajes de todo tipo. La locura está a las puertas. Pero no hace caso y sigue respirando. Y respira. El tejido de la realidad se desdibuja, se pierde. Todo se convierte en ilusión,maya, sueño. Viene la oscuridad. Pero no hace caso y sigue respirando. Y sigue observando. Y sigue respirando.
La gente del mercado, ajenos a todo lo que no sean sus asuntos, pasan a su lado sin mirarle siquiera, sin ser conscientes de que ahí, a su lado, está alguien que conoce La Verdad. Simplemente ven a alguien sentado, con los ojos cerrados, las manos formando un óvalo, descansando una sobre otra, los pies cruzados uno sobre otro.
Es una hermosa visión, pero nadie tiene ojos para ella.
Un hombre en el mercado.
Publicado por Earendil en 2/28/2006 12:34:00 p. m. 5 comentarios
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